Cuando escribo sobre la venganza del Samurai, me viene a la mente la figura austera y temida de un guerrero que se desplaza sigilosamente en el medio de la noche, vestido de negro, confundiéndose con la oscuridad y el misterio. ¿Que puede pasar por una mente estructurada para matar?, nada, su mente es simple, formada con partes de la oscuridad del misterio, el filo de su espada está en su mente, el que realmente corta y mata no es su filo penetrante, es su mente dirigida a su enemigo. El Samurai no descansa, es impredecible su accionar, tan rápido como una gacela, tan lento como un caracol, sólo él decide qué hacer. Un Samurai es una máquina para matar, es silencioso como una pluma en su caída, sabe esperar el momento oportuno. Es un constructor de posibilidades vitales, es tan sólo una maquinaria precisa, no tiene dudas en su movimiento. Conoce los ciclos de su cuerpo, de la naturaleza, está preparado para escuchar sonidos casi inaudibles, vive con lo mínimo para mantener su cuerpo, en el filo de la navaja, en esa región extraña rondando el misterio. Pero el Samurai tiene honor a la hora de la lucha con sus enemigos, cuando las espadas destrozan los órganos vitales, partiendo en dos a sus contrarios. El no odia en ese momento, es tan sólo una máquina de combate, él ha aprendido a controlar sus emociones y sus demonios. La que vive ahora y palpita es la espada, su sonido metálico. El matará a su enemigo rápidamente, sin dolor, pero también en esos momentos tendrá honor, no ganará con trampas, sólo con supremacía, el mejor sobrevivirá, el más apto perpetuará su linaje, una sola escuela triunfará. Sólo un Samurai se desplazará en lo negro de la noche.